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Soy natural de Camuy, Puerto Rico. Cuando aún era muy pequeña mi mamá entregó su corazón a Jesucristo, y desde entonces Él tomó el control de nuestras vidas. Todo en mi hogar cambió. Mi mamá comenzó a orar y a buscar la dirección de Dios para todo. Ahora, Cristo era el dueño de nuestras vidas. Ya no eran los espiritistas, aunque mis padres no eran realmente espiritistas, pero al vivir en tinieblas sin la Luz de Cristo, a veces consultaban a estas personas cuando se enfermaban. Más cuando Cristo llegó al hogar, mi madre hizo suyas las promesas de la Palabra de Dios, y cuando llegaba la prueba, la enfermedad y los problemas comunes de los hogares, ella oraba y Dios contestaba.
Siendo muy niña, mi madre pasó una prueba muy grande cuando fui contagiada con la terrible enfermedad de la tuberculosis. Éramos dos hijos; mi hermano, mayor que yo, siendo yo la única hija, y la más pequeña. Permanecí dos años postrada en cama. Cuando los médicos me desahuciaron, mi mamá intensificó la oración. Ella le creía a Dios y reclamaba las promesas de sanidad divina que están escritas para nosotros, Sus hijos. Allí en una habitación de mi casa, aislada y con todo separado por lo altamente contagiosa de la enfermedad, estaba postrada una pequeña niña en espera de la hora para morir, porque la ciencia no tenía la cura en aquella época para esta condición. Pero, había una madre que le creyó a Dios. Una madre que confió en las promesas de la Palabra, sobre sanidad divina. Ella esperaba en que Dios haría el milagro. Y Dios, fiel a Su Palabra, oyó y contestó el clamor de mi madre. Y una noche ocurrió el milagro. Dios me visitó en mi pequeña habitación, mediante una revelación.
Soñaba que estaba volando. De momento vi. un prado verde y descendí al mismo, quedando boca abajo con los brazos extendidos hacia los lados. Una tenue llovizna comenzó a caer sobre mí. La disfrutaba mucho. Posiblemente debido a la fiebre que me devoraba a causa de la tuberculosis. Fiebre que mermaba mi vida, aquella fiebre que hacía mi pequeño cuerpo hervir, daba margen a que yo me deleitara con el fresco de la suave llovizna. Así estuve hasta que de pronto vi un personaje con ropajes blancos y muy largos que caminaba y se me acercaba. No sentía temor alguno. Quedé en espera muy quietecita. Despacio y con mucha suavidad, aquel personaje se inclinó a mí y pasó Sus manos por mi espalda.
Eso fue todo. Cuando desperté, le conté a mi madre, con toda mi inocencia e ignorando, por ser muy niña de lo que había sucedido. Pero no mi madre, la cual comenzó a alabar a toda voz y a dar gracias a Dios, diciendo: “¡Gracias, Dios mío que sanaste a mi nena!” Y repetía esto varias veces. Me vistió y tomó aquel cuerpecito esquelético en sus brazos y fue a parar a la clínica donde me atendían y donde me habían desahuciado. Allí me tomaban todas las radiografías pulmonares. Cuando vieron a mi madre conmigo se sorprendieron. Mi madre lloró y suplicó me sacaran otra radiografía. Dios los tocó para que lo hicieran. Esa placa dio negativo a la enfermedad y no sólo eso, había un pulmón totalmente saludable sin rastros de tuberculosis. ¡Porque una madre creyó a Dios, oró y clamó, yo puedo hoy proclamar el Evangelio de Jesucristo! Dios hará lo mismo contigo y con tu familia, si crees y confías en Su Palabra, ya que Él no hace acepción de personas. Ora, clama, ayuna, y espera en Él y Él hará. Esta experiencia, me enseñó por primera vez el poder de la oración y lo que Dios hace cuando una madre fiel a Dios clama, derramando su corazón delante de Él.
Cuando mi mamá entregó su vida a Jesucristo nos colocó en senderos de justicia y paz. Fue la herencia hermosa que mi madre nos dejó. Hoy, ella mora con Jesucristo. Crecí viendo a una madre dedicada enteramente al servicio del Señor, llena de gozo, alabando a Dios a toda profundidad. Con un profundo sentido de responsabilidad y compromiso al llamado que Dios le hizo un día. Así que desde pequeña fui formada e instruída en la Palabra de Dios, en la Iglesia Metodista, La Roca, de Camuy.
Ya de adulta realicé estudios universitarios, en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, completando mi título como Ballicher en Pedagogía con concentración mayor en Estudios Hispánicos, y la menor en psicología. Trabajé como maestra de español, con el Departamento de Instrucción en Puerto Rico, en escuela Intermedia. Por ese mismo tiempo contraje matrimonio y Dios me regaló dos hijos varones. Siendo uno de ellos mi especial bendición, por ser precisamente eso, un hijo especial. Actualmente tiene 40 años y es mi compaña, pues necesita de mis tiernos cuidados. Se llama Josué y el Señor me ha dicho: “Mi sierva, Josué es tu alegría”. ¡Alabado sea Dios! El cambia nuestras tristezas en gozo. Josué, alaba a Dios, con su corazón. Mi otro hijo, Manuel, es un Técnico Social, y ofrece sus servicios en el Departamento de la Familia en Hatillo, PR. Además es un destacado Comentarista Deportivo, con gran dominio como radiodifusor. Me ha regalado un precioso nieto, llamado Caleb Manuel Hernández Dumeng.
Luego, durante cuatro años, me desempeñé como Trabajadora Social, y estuve al frente de un Centro de Ancianos, bajo la Comisión Puertorriqueña de Gericultura, una rama del Departamento de Servicios Sociales. Al cabo de cuatro años de grandes satisfacciones allí, Dios me hizo un llamado especial el cual obedecí y acepté al instante.
En Diciembre del 1972, Dios me llamó al campo misionero en el Ministerio Cristo Viene del Evangelista Yiye Ávila. Estuve laborando arduamente en este Ministerio por espacio de 20 años. Y aún me mantengo unida, aunque no estoy físicamente allí. Me desempeñé por 14 años, como secretaria personal del Hermano Yiye, luego pasé a dirigir el Departamento de Editoría que se creó con el propósito de escribir sus libros y trabajar la Revista. Dirigí la Revista la Fe en Marcha, por varios años. La misma comenzó con 16 páginas en blanco y negro y tuve la bendición de llevarla a 28 páginas a colores. Logramos producir alrededor de ocho libros del Evangelista Yiye Ávila. Dios se glorificaba en todo de manera especial. A El sea toda la gloria y la honra. Viajé en equipo a varios países con el Hno. Yiye Ávila. En algunas de esas campañas llevaba una encomienda hermosa de Dios, era cubrir esa campaña en ayuno. En otras, sencillamente era parte del equipo de trabajo asignado para la misma. Para ese tiempo permanecíamos dos meses en cada país. Fueron grandes y hermosas las experiencias vividas en cada uno de los países visitados. Era impresionante ver cómo millares de almas corrían a recibir a Cristo como Salvador de sus almas, luego de las predicaciones tan poderosas que el Evangelista Yiye Ávila exponía. Todavía este varón ungido de Dios sigue incansable, predicando la poderosa Palabra de Dios y miles de almas continúan salvándose y de igual manera, los enfermos, sanándose.
A Dios le plació ponerme en mis manos el glorioso Ministerio de MADRES UNIDAS EN CLAMOR A DIOS, precisamente cuando me encontraba en un retiro de varios días y apartada en una de las habitaciones separadas a esos fines en las facilidades del Ministerio Cristo Viene, del Evang. Yiye Ávila, en el mes de abril de 1983. Fue ahí donde nació este Ministerio que tanta bendición ha llevado a las vidas, a los hogares y familias. En especial a los hijos y a las madres.
Así ha continuado mi vida en Cristo Jesús, a quien amo más que a mi vida y a quien doy toda la honra y toda la gloria. Estoy comprometida a Su servicio, rendida a Sus pies, con el compromiso que Él ha puesto sobre mis hombros de llegar a los corazones abatidos de las madres y decirles que hay esperanza para sus hijos en Cristo Jesús. Como dice en Isaías 49:25: “Pero así dice Jehová: Ciertamente el cautivo será rescatado del valiente, y el botín será arrebatado del tirano; y tu pleito yo lo defenderé, Y YO SALVARE A TUS HIJOS”. Dios les bendiga.
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